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Contar cómo surgió la idea de hacer el laberinto es una cuestión laberíntica en sí misma. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿El laberinto de ayer es el mismo de hoy?

por claudio levi
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Claro que con bastante precisión puedo contar los pasos concretos acerca de cómo construí el laberinto: la adquisición de las 5 hectáreas en una loma imponente del valle del Río Epuyén donde el laberinto está enclavado, la compra de los arbustos en el vivero del Inta de Trevelin, la técnica mediante la cual estos arbustos fueron plantados gracias a dos o tres ecuaciones básicas de trigonometría y al uso de un bidón con agua y cal, de una cinta métrica de 20 metros, de cientos de estacas y de un gran ovillo de hilo que, como el hilo rojo de Ariadna, iba conectando un punto con otro punto y me permitió volver –luego de enfrentarme con mi propio Minotauro interior– y conquistar mi sueño.

Este sueño que comenzó a materializarse un 1 de mayo de 1996 cuando junto con Doris, mi mujer y compañera, plantamos, durante veinticinco días ininterrumpidos, los 2100 cupressus macrocarpa que fundaron el laberinto.

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Sin embargo, cuando pienso en cómo el laberinto está hoy aquí, no son los hechos fácticos los que vienen a mi memoria, al menos no en primer lugar. Ayer el laberinto era mi creación, hoy el laberinto tomó vida propia y me está recreando.

Se me representa todo como un sueño profundo, algo así como un destello involuntario, una explosión natural que dio origen a la génesis de la idea; y, al mismo tiempo, es como si el laberinto hubiese estado allí desde siempre, esperándome a mí y a mi destino.

Y entonces lo que recuerdo son las noches en vela en las que el plano del laberinto se iba armando y desarmando en mi cabeza, las sensaciones y emociones que me fueron atravesando durante aquellos tiempos de concepción; incluso el año en que, desalentado por el esfuerzo, estuve a punto de abandonar el proyecto y, no obstante, el laberinto se impuso y pudo más.

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El proceso creativo y de diseño del laberinto me llevó casi un año y en él confluyen muchas motivaciones personales con ciertos conocimientos de kabbalah, historia, geometría sagrada, mitología, filosofía y magia. Sentía que integrando muchas disciplinas e intereses propios iba a lograrlo.

También hubo motivaciones externas: recuerdo una época en la que dudaba un poco en llegar a buen puerto con este proyecto y tuve la fortuna de visitar el Museo Leleque en Chubut. Allí, en una vitrina, pude ver un hacha de doble filo, una labrys de obsidiana, idéntica a las encontradas en el laberinto de Creta, con una reseña del historiador Rodolfo Casamiquela en la que relacionaba esta hacha, herencia sagrada de los antiguos Tehuelches, con el mito del laberinto

Para este pueblo originario era también fundamental atravesar el camino sinuoso y era la deidad Watsiltsum quien presidía los itinerarios laberínticos no solo para que las almas de los difuntos pudieran sortear una difícil travesía, sino también para que pudieran pasar de este mundo al de los espíritus y entonces pudieran comunicarse con los antepasados o las divinidades.

Saber que el mito del laberinto no se suscribía solo a la antigua Grecia, o a Europa y a Egipto, sino que aquí, en la Patagonia argentina, los antiguos también usaban este símbolo, me estimuló mucho más para apreciar la idea de la construcción y para mantener y fortalecer mi compromiso, un compromiso que era antes que nada conmigo mismo. Porque, para aquel entonces, el laberinto ya había entrado en mí.

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Así es que explicar cómo nació este proyecto puede ser una historia sencilla o una mucho más compleja. Sería algo así como intentar explicar el ser: cada decisión abre puertas –una combinación infinita de circuitos y recorridos–. Muchas de esas puertas son la puerta equivocada, pero siempre existe el camino correcto, el instante en el que la persona que ha entrado al laberinto tiene la corazonada, como sucede en la vida, de que ese próximo paso la llevará a la salida. Y es por eso que el Laberinto Patagonia me atrapó primero a mí, pero atrapa a cada persona que lo recorre, porque todos nos vemos evidenciados en él y al mismo tiempo en nuestros laberintos personales que, como las huellas digitales, son únicos, propios e indisolubles.

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